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Cartas del Presidente: Emilio Montaraz Castañon

Liderazgo, la fuerza de uno

Desde que llegamos a este mundo somos como esponjas, absorbiendo todo cuanto sucede a nuestro alrededor. No sabemos el “porqué”, pero avanzamos mientras nos aventuramos descubriendo el mundo en que nos tocará vivir.

Nos comunicamos con los seres que encontramos a nuestro alrededor, pero no sabemos nada sobre “comunicación”; con esfuerzo y motivación logramos balbucear las primeras palabras, pero no sabemos nada de “gramática”; gateamos y pronto caminamos erguidos, sin haber seguido el manual de “cómo andar”. Cada logro era festejado con aplausos de reconocimiento que nos hacía sentir importantes. Estábamos aprendiendo lo más básico para continuar caminando, durante los siguientes años, por la senda del conocimiento.

En aquellos años éramos capaces de aprender todo cuanto nos propusieran; incluso 2 ó 3 idiomas a la vez. Según parece, como nuestro cerebro estaba “vacío” era fácil llenarlo. ¿Es que después ya no cabe más en él? ¿No será otra la causa de nuestras limitaciones en el aprendizaje a partir de entonces? Quizás, si el sistema no se hubiera enfocado en llenarnos de conocimientos, en nuestra mente hubiera quedado grabado el programa que nos permite aprender. No creo que hubiera sido incompatible, pero sí estoy seguro de que sería poco recomendable para quienes, de una u otra forma, viven del manejo y control de masas. Interesan soldados que obedezcan y mercenarios que vendan sus habilidades, pero no guerreros que se entregan por una causa u objetivo común, más allá de su propio interés personal.

El simple hecho de saber las cosas no significa que hayas aprendido sobre ellas, pero es mejor así para la defensa del sistema, pues eres más moldeable y además cuentas con la creencia de que tus títulos te otorgan el derecho a ocupar los mejores puestos en esta sociedad. Además, ¡qué mejor forma de mantener nuestros paradigmas que a través del poder que nos da el cargo ejecutivo al que puedo llegar con él! ¿Este es el cambio de sistema del que tan fácil se habla? ¿No estaríamos avanzando en sentido contrario al que pretendemos?

Aunque algo está ya cambiando, la realidad es que la mayor parte de los universitarios se muestran tremendamente conservadores, deseando una vida laboral segura y cómoda, con especial interés hacia la función pública. Se trata de una opción lógica y deseable, pues la educación que el propio sistema ofrece te dirige hacia esa atractiva opción.

Diariamente aceptamos distintos comportamientos y actitudes que nos llevan a vivir distintas vidas. Nos vestimos en función de nuestro trabajo y durante la jornada laboral desempeñamos un papel de jefe, subordinado o compañero, adaptando nuestro comportamiento al cargo que nos corresponde ejercer. Salimos de trabajar y nos vemos con unos amigos para tomar un café, mostrando una actitud que en nada tiene que ver con la del trabajo. Regresamos a casa y asumimos el rol de pareja, padre o hijo. Son varias vidas en una.

¡Es lo que hemos elegido!, pero nuestra capacidad sigue intacta. En ocasiones es nuestra mente la que toma las riendas de la situación, dejando a un lado el corazón y los sentidos, aunque en numerosas oportunidades se abren paso éstos. Es como si estuviéramos rotos y nos resultara imposible lograr que se pongan de acuerdo, en lugar de luchar cada uno por ejercer su poder.

La mente desea que hagas lo que te conviene, pero el corazón te pide que avances hacia lo que realmente deseasy, mientras tanto, tus ojos en complicidad con tus sentidos te invitan a que persigas lo que parece más brillante y atractivo. Lo peor está por venir, pues enseguida aparecen las piernas, tentándote para que elijas el camino más fácil que, por lo general, es el de cuesta abajo. Es una situación a la que te enfrentas de forma constante. ¿No sería maravilloso lograr que tu mente, corazón, sentidos y piernas llegaran a un acuerdo?

 ¿Te imaginas que todos ellos caminaran en la misma dirección?

Esta es la principal virtud de un líder en el ejercicio de su liderazgo. Es algo que se adquiere integrando en nuestro yo más profundo aquellos principios, conceptos, conocimientos, experiencias y valores que van formando nuestra personalidad y carácter. De este modo, al cultivarse en nuestro interior, aflora en cada momento y en cada decisión de forma natural y consensuada, sin que dé lugar a discusiones con uno mismo. Se trata de un liderazgo personal, necesario para que los demás vean en ti un ser  honesto y confiable, cuyos valores siempre están en demanda.

¡Se necesitan líderes y no jefes! Y el liderazgo no se enseña, porque no se obtiene por conocimiento, sino por los hábitos adquiridos durante el ejercicio de coherencia permanente entre lo que sabes, lo que haces, lo que crees y lo que deseas. Es un valor que se cultiva sin título académico que lo acredite, pero lo que se te entrega no lo hace la Universidad ni tus superiores, sino tu entorno y quienes te siguen, cuando depositan en ti su confianza.

El jefe tiene subordinados que obedecen, mientras el líder tiene amigos que le siguen. El jefe da órdenes sin necesidad de explicaciones, empuja y coacciona desde atrás; el líder sugiere, atrae, ayuda y conduce desde el frente, en el desarrollo de una Visión que nos une.

El liderazgo es un gran valor que armoniza vida y relaciones. Tu propia vida, la de tu familia y entorno; tus compañeros y tu propia empresa, avanzarán seguros a tu lado. En Barymont así lo hemos elegido, dando prioridad a las personas y sus familias, incluso por delante de la propia empresa. Facilitamos así la resolución del permanente conflicto personal que supone el vivir tantas vidas en una.

Al mismo tiempo, nuestros valores y nuestros sueños continúan avanzando juntos en la misma dirección. ¿No es maravilloso?

Emilio Montaraz Castañon

Presidente de BARYMONT & ASOCIADOS, S.A.

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